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martes, 23 de abril de 2013
Confesiones del Diablo
Hola, humanos, soy Satanás y no existo.
Tan sólo soy un personaje mitológico que representa el mal. Me gusta el mal tanto que no paro de maquinar por y para el mal. La maldad es el alimento venenoso que me sustenta.
Tal vez por eso esté condenado a desaparecer pues me alimento de veneno.
Ahora creo que ya va siendo hora de hacer mi gran confesión porque siento que me queda poco para que descubran todo el engranaje que he estado tejiendo y para que descubran el antídoto que hará al hombre más hábil e inteligente para no caer en mis trampas. Poco queda para que el hombre descubra que en muchas ocasiones le ha parecido ser libre sin saber que estaba entre mis garras. Sé que dentro de poco (también para mí, mil años es un día) el ser humano dejará las alucinaciones que yo mismo le provocaba con mis engaños y dejará de ser marioneta de mi voluntad.
Confieso, pues, a vosotros, que a lo largo de vuestra historia os he estado tentando. Sí, ya sé que eso se sabe pero no sabéis cómo. No tenéis ni idea. Y os lo voy a contar. No disimularé cierta vanidad, porque, no teniendo nada que perder ya, presumiré de todo lo que he sido capaz de hacer para que bailarais al son de mi música.
Desde los comienzos de vuestra evolución, habéis tenido siempre una especie de corazonada trascendental, una intuición del más allá. Una idea de lo absoluto, muy vaga, sí, pero ¡Caráy! qué fuerte era. Teníais mucho respeto a la muerte porque pensábais que íbais a un nuevo mundo misterioso al que uno debía estar preparado. Empezásteis a creer en unos seres superiores porque intuíais que más allá en lo misterioso se hallaba la perfección. Y creíais en dioses a los que teníais que contentar. Era una relación de vasallaje mágico-religioso que creíais que os servía para obtener favores. ¡Ah, qué tiempos felices los míos! porque me era fácil conseguir provocar rencillas, intrigas, miedos, envidias y hasta guerras entre los adoradores de unos y los adoradores de otros. En aquellos felices siglos érais más manipulables y hacía creeros que los dioses tenían caprichos de los más deleznables. Vosotros estábais dispuestos a cualquier cosa para contentarlos. Llegué a conseguir sacrificios humanos de vosotros, que ofrecíais a vuestros dioses. ¡Pobres diablos! Pero lo que no sabíais es que con ello me contentábais a mí.
Lástima que siempre había alguien que metía la pata y os hacía entrar en razón. La bendita razón, enemiga mía.
Siempre terminábais hartos de vuestras guerras porque os cansábais y surgía esa estúpida voluntad de ir por el camino recto. De intentar evolucionar espiritualmente. Eso me lo temía cuando surgieron líderes monoteístas que os conducían a la creencia de que sólo había un sólo Dios. En esa época confieso que empecé a temblar. Era más difícil para mí manipularos; la creencia en un solo dios-padre os hacía sentir como hermanos. Eso me descolocó.
Pero pronto se me ocurrieron nuevas estrategias. El dios del pueblo tenía que reencarnarse en un rey o faraón, un ser que el pueblo veía como superior. La gente necesitaba un lider pero no solamente guerrero sino también religioso. Yo me aprovechaba de esa necesidad vuestra y volvía a manipularos: manipulando y tentando al emperador para que matara, esclavizara, guerreara, matara, se envaneciera, mintiera, etc. Era todo un deleite en aquellos tiempos. Érais marionetas en mis manos.
Siempre quisísteis poner leyes humanas para la convivencia en paz, desde muy temprano anhelábais la paz pero por suerte, también creíais que preparando la guerra os procuraríais la paz y el bienestar.
La ley del Talión, la del ojo por ojo y diente por diente, fue un freno para mi desbordada sed de sangre y venganza. Pero después vino el Decálogo. ¡Demasiado avance por vuestra parte para mi sed de mal! Aquellas leyes fueron un gran palo para mí. ¡No matarás! ¡Qué horror de ley! Qué tedioso para mis viles y desenfrenados gustos. Y creer en un sólo dios sin ni siquiera un nombre ni poder representarlo materialmemnte.
Pero soy muy astuto y enseguida saqué provecho de vuestra debilidad para que malcumpliérais esas leyes.
Ya no hacíais la guerra por cuestiones de distintos dioses, bien, pero ahora teníais que enfrentaros contra los que no creían en vuestro dios porque era el verdadero y además, si bien era más avanzada vuestra religiosidad con la nueva ley mosáica, yo os inoculé la vanidad de creer que Dios estaba sólo de vuestro lado. Os hice caer en la necesidad de tener un rey, como los demás pueblos y como consecuencia esos reyes se endiosaron porque tenían mucho poder y volvíais a pecar a partir de ellos. Pero yo quería más y más perversión. Y a la Ley Mosaica, revolucionaria entonces, os la volví contra vosotros a lo largo de los años. Os hice creer que necesitábais doctores que interpretaran la Ley y los Profetas.
Por cierto, esos personajillos con tanta visión de futuro siempre me han sido muy incómodos. Cuando escuchaba a alguno de ellos, huía despavorido. Me acurrucaba en un rincón lejos y respiraba hondo. No soportaba sus palabras, me acobardaban sobremanera. Eran el grito del hombre fuerte y libre capaz de aniquilarme con un solo parpadeo. Era muy duro luchar contra ellos. También me era casi imposible tentarlos. Sí, caían, claro que caían porque también eran humanos e imperfectos, pero el problema es que volvían a levantarse y pedían perdón. Y, para colmo, con una nueva lección aprendida y más fortalecidos. Cuando precisamente eso era lo contrario a lo que yo deseaba para el ser humano: que no aprendiera ni evolucionara.
Así que os puse esos doctores que lo que hicieron fue confundiros más y tergiversar la ley. Por tal de cumplir la ley con tanta rigurosidad caísteis en la deshumanización, lo cual me deleitaba muchísimo y ya se me olvidaba los malos tragos que los profetas y la gente de bien me hacía pasar.
Pero volvían nuevos profetas, volvían nuevas generaciones a sanear las costumbres y poner en cuestión las normas y las conductas. Esa tendencias al saneamiento proveniente de las nuevas generaciones era otro peligro para mis maquinaciones, que no tenían otro propósito que haceros daño. Y sé que el daño mayor es hacer que os hagáis daño vosotros mismos. Y para eso tenéis que caer en el pecado: envidiaros, odiaros y ser ignorantes para ser más proclives al engaño.
Así pues yo tenía que pensar en alguna solución para evitar o al menos retardar esa natural evolución hacia la perfección, hacia la salud, bondad, paz y felicidad humanas.
Presumo de que efectivamente inventé un plan genial. Puse en boca de los doctores y sacerdotes que la tradición era sagrada y había que mantenerlas. Esto ralentizó el proceso de avance hasta que más profetas me deshicieron el plan.
Ya no bastaba con el "no matarás", os fuisteis refinando más y según un maestro que tuvo más seguidores que estrellas hay en el cielo, el insulto también era "matar". Oí cosas como "amar al enemigo", "responder bien por mal", etc. Aquello me pitaba en los oídos y creí volverme loco. Sobre todo porque me asusté al ver la cantidad de seguidores que tenía aquella doctrina del amor (¡qué repelús me da todavía! aunque ahora empiezo a sentirme cansado y rendido.)
(continuará)
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Por favor, no poner faltas de ortografía que me podría desaprender lo aprendido.