EL NIÑO QUE NO SABÍA REZAR
Pablito tenía doce años, una sonrisa amplia y un entusiasmo contagioso que ponía en cada cosa que hacía.
Un día se encontró a un vecino del barrio que, viendo que nunca lo veía con los otros niños a la hora de los rezos, le dijo: "Pablo, ¿tú no rezas? ¿No te han enseñado a rezar?"
"Pues... sí... Me sé de memoria algunas oraciones, pero no rezo" . -Dijo, "No me seduce. Me aburre. No saco nada en claro".
"¿No crees en Dios?" Le dijo el vecino. "Sí, como todo el mundo".
No, chaval, si no rezas es que no crees en Dios" Y se fue frunciendo el ceño y sonriendo de medio lado.
Otro día, una mujer le regañó: "Niño, ¿qué haces ahí jugando con la pelota y no estás con los otros niños? ¿No ves que es hora de los rezos?
La escena se repetía en muchas ocasiones: "Venga Pablito, pasa adentro y ponte a rezar como los demás".
Finalmente, Pablo, cansado de tantas reprimendas, aceptó asistir a las liturgias del templo.
Un buen día, una niña enfermó. Había todo un equipo de médicos dispuestos a curarla pero no sabían cómo porque desconocían esa enfermedad.
Todos rezaban por ella: el barrio y la ciudad entera.
¡Pero Pablo no rezaba!
El gobernador de la ciudad, preocupado por Marta, mandó a buscar a sabios de todo el mundo para que le ayudara a salvar a la niña.
Vinieron muchos sabios tratando de diagnosticar aquella extraña enfermedad de la niña. El primero dijo; "es la "cataminosis", y se cura con estas hierbas". Pero la niña no curaba. El segundo diagnosticó: "tiene "patolexia" y se curará con estas hierbas". Pero la niña tampoco así curaba. El tercero dijo, ante un pueblo cansado y perdiendo poco a poco las esperanzas:
Pasó un tiempo y en el palacio del gobernador se presentó al fin un sabio venido de oriente. El gobernador daba signos de desaliento pues ya habían venido tres sabios y ninguno había sabido curarla. Pero aun así convocó de nuevo a sus consejeros y a la gente de la ciudad.
"Queridos conciudadanos. Os hemos reunido aquí para escuchar a este hombre sabio, el cuarto ya, que nos dirá la forma en que podremos curar a Marta". Pero también advirtió al sabio: "Antes de usted ha habido tres sabios que han pretendido saber qué enfermedad tiene la pequeña Marta y cómo curarla" "Le ruego a usted que no trate de impresionarnos con rimas y que no mienta".
"Sí, sí. Si lo sabe, que hable y si no, que se calle y se vaya". -dijeron entre el público.
Se hizo un silencio. El sabio se levantó, miró al gobernador y al pueblo expectante y dijo estas palabras: "Señor gobernador y estimados habitantes de esta gran cuidad: con toda humildad me dirijo a ustedes. He visto a Marta y como médico sinceramente os diré que no conozco su enfermedad".
Hubo un revuelo entre el público y caras de decepción.
"Pero..." -continuó el cuarto sabio- "...como sabio debo deciros qué es lo que podrá salvar a Marta". Y se levantó un murmullo entre la gente, desconcertada.
"Lo único que salvará a Marta -prosiguió- es la fe".
Hubo un silencio como para procesar esas palabras inesperadas pero no se acababa de comprender.
El sabio se alejó, dejando al gobernador y al pueblo atónitos pero sentían respeto por lo que había dicho.
"¿Ves. Pablo? -Le dijo su padre, el mismo sabio habla de la importancia de la fe. Todos estamos rezando por Marta con el convencimiento de que se curará. Tú habrás de rezar también". "De acuerdo, rezaré". -dijo Pablo- Pero a los cinco minutos se le olvidó.
Pablo visitaba a la pequeña Marta, como también lo hacían numerosos vecinos. Preguntaban "¿cómo te encuentras?". Ella respondía que unas veces mejor y otras peor.
Un día Pablo, con ese entusiasmo que solía poner él en las cosas que hacía, le dijo a su amigo: "Daniel, hagamos una colecta para poder viajar juntos e ir en busca de médicos que atinen con la curación de Marta".
"¡Estás loco!" le contestó.
Pero Pablo insistió: "no tenemos nada que perder y ¡hay que hacer algo!". Su amigo entonces le apoyó y fueron juntos de casa en casa pidiendo dinero para ese viaje en busca de buenos médicos.
No todos los vecinos reaccionaban igual. Muchos les decían "Anda ya, no servirá de nada". "¿Para qué os vais a molestar?" "¿y por qué voy a daros dinero para una empresa tan difícil?". "Dejadlo, es imposible. No lo conseguiréis". Otros los animaban y le daban lo que podían.
Un día un monje le dijo a Pablo: "Pablo eres todo un emprendedor", porque veía con qué diligencia y entusiasmo organizaba la colecta y el viaje.
Los chicos por fin lograron reunir dinero suficiente para trasladarse a varias ciudades en busca de médicos eminentes.
Pasaron meses. Se sustentaban de la caridad y de pequeños trabajos que les valía para comer.
"Sois buenos chavales", les dijo una vez la dueña de la posada. Esto que hacéis es por amor y es muy loable.
"Claro que es por amor" dijo Daniel. "Y también es divertido porque esto es una aventura, ¿Verdad, Pablo?"
"¡Y que lo digas, Dani!" Creo que de mayor voy a ser aventurero.
La mujer sonrió.
Pasaron dos meses y Daniel dijo una mañana: "Me voy a mi casa, me echan de menos".
"¡Vamos, Dani!" Replicó Pablo incrédulo.
"Bueno... en realidad... me he cansado de buscar. Ningún médico nos ha dicho que sí. Nadie quiere intentarlo".
Era inútil insistirle a Daniel para que se quedara. Así que el chaval cogió unas monedas, tomó el tren y se fue.
"Martita, aguanta, haz por curarte, anímate, lee, conversa con las enfermeras..." -La animaba Pablo por teléfono.
"Martita, aguanta, anímate, reza. Todos estamos rezando por ti. Ya verás cómo te curarás" -La animaba Daniel en la habitación del hospital.
A los seis meses vino Pablo al fin, acompañado de un hombre de mediana estatura, joven y de gesto risueño. Era un médico muy afamado que encontró en unas tierras lejanas y se dignó a venir a curar a Marta.
A los quince días, el nuevo médico, después de haber estado tratando a la niña, entró en la habitación y con una sonrisa les dijo a sus padres, que se encontraban al lado de su hija: "Tengo la inmensa alegría de decirles que Marta responde bien al tratamiento. Está mejorando día por día. Ahora estoy seguro de que curará".
Los padres abrazaron al médico emocionados y a su hija la colmaron de besos.
Pasaron unos cuantos días y la niña pudo irse a casa toda feliz de poder salir a jugar y de poder estar más tiempo con su abuela.
Pronto se corrió la voz de la curación de Marta.
Pablo estaba exultante, Daniel agradecido a Dios por la curación. Los niños del barrio estaban también contentos y aliviados. Y la noticia llegó al gobernador, que quiso hacer una gran fiesta en honor a Marta y en agradecimiento al médico que la atendió y pudo al fin curarla.
Se hizo un gran banquete en la plaza mayor del barrio y todos comieron y bebieron contentos. Al terminar, el gobernador se puso en pie y dio su discurso agradeciendo al médico su sacrificio en desplazarse de su ciudad hasta aquí para curar a Marta y a los niños que tuvieron la osadía de buscarlo.
Llegó el domingo y esa mañana la plaza del barrio estaba muy animada. Pablo se encontraba jugando con otros niños y los adultos charlaban y comentaban con júbilo la alegría de la curación de la pequeña Marta.
Uno de los encargados del templo llamó a los niños y le dijo a Pablo: eres un buen niño y valiente. Es una lástima que no sepas rezar. Entonces intervino el anciano fraile:
"Os equivocáis. La actitud de Pablo me ha hecho recapacitar. Él ha demostrado tener más fe que todos nosotros juntos".
Y mirando al muchacho le dijo: "Desde ahora vamos a dejar de atosigarte con sermones.Tú, a tu manera, también sabes rezar"
EL PENSAMÓVIL
(LA MAQUINITA DE PENSAR)
Érase una vez una niña a la que le gustaban mucho las matemáticas porque se le daba muy bien. Cuando en clase hacían concursos de cálculo, ella se llevaba más premios que nadie.
Pero su orgullo se había alimentado demasiado y su vanidad creció junto a ella. Se hizo mayor y se convirtió en profesora... supongo ya sabrás de qué.
Era cruel y malvada, le podía la soberbia. Tanto era así que despreciaba a los alumnos que suspendían en su asignatura y hasta discutía con sus colegas de otras asignaturas alegando que la suya era la mejor y la más importante.
Un día un profesor de Matemáticas, como ella, le dijo: "Adelaida, todas las asignaturas son importantes, debes cambiar de actitud". Pero ella se hacía cada vez más dura, más terca y más intolerante.
Con el tiempo las Matemáticas llegaron a ser su obsesión: llevaba varias calculadoras en su bolso. En su habitación las paredes estaban decoradas con números. Cada silla de su casa tenía la forma de un cuatro, la mesa del salón, era un siete, mientras que las mesitas de noche eran el número π (pi). Las cortinas eran estampadas con ochos y nueves. La cruz que le colgaba del cuello era griega porque así era también el símbolo de la suma. En la mantelería había fracciones, por aquello de fraccionar el pastel. Cuentas de dividir en las puertas, ya que éstas mantenían dividida la casa. En la puerta de la alacena había pintado varias multiplicaciones para ver si conseguía multiplicar panes y peces. Era todo tan patológico que en la terraza había ¡plantas con raíces cuadradas!
Su rectangular cama, la adornaba con una bonita cinta que hacía la diagonal. Los cuadros de las paredes no tenían más pintura que las líneas de los catetos y sus respectivas hipotenusas.Toda su casa y su vida entera era una borrachera de Cálculo, Álgebra y Trigonometría.
"¡Vamos a darle una lección!" -Dijo el de Filosofía.
"Pues sí," -contestó el de Historia- "se merecería un escarmiento".
A lo que el de Música replicó: "ahora pensemos cómo".
"Algo, seguro, se nos ocurrirá" dijo el de Artes Plásticas.
Llegó el día de su cumpleaños. Los compañeros estaban esperándola en la sala de profesores. "Felicidades, Adelaida, te hemos traído un regalo muy especial". Dijo el profe de Latín a la engreída Adelaida.
"¿Sí? Vaya, no me esperaba eso".
"Sí, verás, -dijo el de Filosofía- habíamos pensado regalarte una calculadora más porque sabemos que te gustan mucho..."
"Sin embargo pensamos que una profesora de Matemáticas como tú no la necesita", añadió el de Música.
"Tú eres una calculadora andante" dijo el artista.
Entonces el de Historia extendió el brazo hacia ella y dijo: "Aquí tienes: un pensamovil".
"Un pensa...queeee?"
-"Es una maquinita de pensar. Es muy cómoda y manejable. Es una maquinita que piensa por ti".
La de Inglés, sentada al fondo pero que estaba en el ajo, no paraba de reír para sí. Se levantó, se acercó y dijo riendo "Sí, en inglés se dice "thinkulator", jijiji.
"Y en latín se dice "machina cogitatum, jajajaja", concluyó el de Latín.
Entonces Adelaida, mirando a todos y sin saber si reír o enojarse, dijo: "pero si las máquinas no pueden pensar. ¡Eso sólo pueden hacerlo las personas!".
"¡Qué va! Mira: ¿Ves esas teclas? Tiene varias funciones: razonar, juzgar, intuir. Y la tecla grande, para "decidir". Es la solución. Lo que en la calculadora de siempre está marcado con el signo "igual".
Adelaida, estupefacta, miró arriba, abajo y a los lados, sin saber qué decir.
"Y estas de abajo -prosiguió- hacen funciones más complejas: reflexionar, meditar, examinar, sintetizar...elucubrar...considerar... valorar y empatizar".
Entonces el profesor de Música, ya serio y mostrando rabia en su cara la miró fijamente y le dijo "...funciones que a ti te faltan: Hablas sin pensar, sin reflexionar, no examinas ni sabes valorar las asignaturas que no das tú. No consideras a los alumnos y no empatizas con los demás profesores. ¿Para qué? ¡si eso ya lo hará tu maquinita! Tú, a lo importante: haz cálculos y más cálculos. Pero te digo una cosa: jamás podrás "calcular" la emoción de una ópera de Bach, ni “calcular” el significado profundo de un soneto de Quevedo o siquiera “hacer cálculos” para darle sentido a tu vida, porque tu ego te ciega y te envenena”.
"¿Crees que eso lo puede hacer una maquinita? No, claro que no. Porque la única máquina que puede hacerlo es la que llevas sobre tus hombros.
Empieza a usarla como es debido antes de que se te oxide".
Adelaida, con un nudo en la garganta, rompió a llorar y pidió perdón. Gracias a sus compañeros comprendió lo equivocada que estaba. Toda su vida había sido como una comedia ridícula y sin sentido. Pero desde ese momento aprendió la grandiosidad de la humildad. Desde ese día ella iba a empezar a valorar, no sólo las demás asignaturas, sino también todas las demás virtudes y habilidades humanas.
EL COCHE
¿Sabes? Las piezas de mi coche tienen vida propia. una noche, creyendo que no iban a ser oídas, las ruedas empezaron a hablar con el motor sobre sus características y su importancia. Una de las ruedas, la portavoz de las otras tres, le dijo al motor: "pues tú te crees el rey de la creación pero sin nosotras no eres nada. Además, si no es por nosotras, ¿quién iba a hacer que el coche andara? Tú solo, no, por supuesto. Así que somos nosotras lo más importante que tiene el coche".
En esto el motor arrancó a decir (nunca mejor dicho): "Ni hablar. Aquí el imprescindible soy yo. Soy el alma del coche. Sin mí el coche no se mueve. Eso sí, si lo empujas puede que sí, pero de manera autónoma, nunca sin mí".
Así se tiraron horas y ninguno daba su brazo a torcer.
Entonces habló la humilde carrocería: "Os diré una cosa. Sé que me consideráis la cascarilla de todo el montaje, que no muevo el coche: ni lo arranco ni le doy poder de deslizamiento, ni me muevo siquiera. Pero tengo una cosa que vosotros ni soñáis tener:"
Por un momento se calló y las ruedas se miraron sorprendidas y el motor incrédulo la miró inquisitivamente.
La carrocería prosiguió: "Primero de todo no tengo la vanidad de vosotros".
"Claro, no puedes tenerla porque no haces nada importante, no te mueves, al contrario las ruedas y yo te llevamos a ti" jajaja Se mofó el motor.
"Cierto, no puedo negarlo, pero hago algo importante y no me jacto de ello".
"¿Y qué es, pues?" -Preguntaron las ruedas-.
"Yo os junto, os ensamblo. Así que gracias a mí, podéis llevarme a todos lados. Sin mí tampoco podéis llevar a nadie a ninguna parte. Dejaos de tonterías porque todos somos necesarios."
Me gustó tanto la intervención de la carrocería que le di la enhorabuena y le dije: "Querida carrocería, nos has dado a todos hoy una lección de humildad y de sabiduría".
Ese día aprendí que, en esta vida, nadie es más que nadie.
oOo
PEDRO EL DEMAGOGO
Érase una vez un Rey que reinaba en un país lejano. ¿He dicho "reinaba"? Bueno, no reinaba. Más bien se dejaba reinar. Pero a él no le importaba porque tenía de todo y tenía libertad para salir y a entrar del Palacio y dar sus paseos sin que nadie le molestara.
Eran sus ministros los que gobernaban el país. Ellos mandaban hacer carreteras, jardines, etc.
Un día se encontró a un vecino del barrio que, viendo que nunca lo veía con los otros niños a la hora de los rezos, le dijo: "Pablo, ¿tú no rezas? ¿No te han enseñado a rezar?"
"Pues... sí... Me sé de memoria algunas oraciones, pero no rezo" . -Dijo, "No me seduce. Me aburre. No saco nada en claro".
"¿No crees en Dios?" Le dijo el vecino. "Sí, como todo el mundo".
No, chaval, si no rezas es que no crees en Dios" Y se fue frunciendo el ceño y sonriendo de medio lado.
Otro día, una mujer le regañó: "Niño, ¿qué haces ahí jugando con la pelota y no estás con los otros niños? ¿No ves que es hora de los rezos?
La escena se repetía en muchas ocasiones: "Venga Pablito, pasa adentro y ponte a rezar como los demás".
Finalmente, Pablo, cansado de tantas reprimendas, aceptó asistir a las liturgias del templo.
"¿Qué, Pablo, te sientes más cerca de
Dios?" Le preguntó un día el maestro espiritual. "No. -contestó- pero
me gusta ayudar a los demás.
-Eso está bien, Pablito. ¡Pero también hay que tener fe!
Un buen día, una niña enfermó. Había todo un equipo de médicos dispuestos a curarla pero no sabían cómo porque desconocían esa enfermedad.
Todos rezaban por ella: el barrio y la ciudad entera.
¡Pero Pablo no rezaba!
El gobernador de la ciudad, preocupado por Marta, mandó a buscar a sabios de todo el mundo para que le ayudara a salvar a la niña.
Vinieron muchos sabios tratando de diagnosticar aquella extraña enfermedad de la niña. El primero dijo; "es la "cataminosis", y se cura con estas hierbas". Pero la niña no curaba. El segundo diagnosticó: "tiene "patolexia" y se curará con estas hierbas". Pero la niña tampoco así curaba. El tercero dijo, ante un pueblo cansado y perdiendo poco a poco las esperanzas:
"Lo de Marta es sin duda
el "síndrome del escorpión"
y se ha de mejorar
y curar con esta poción.
Pero Marta ni por esas se curaba.
Pasó un tiempo y en el palacio del gobernador se presentó al fin un sabio venido de oriente. El gobernador daba signos de desaliento pues ya habían venido tres sabios y ninguno había sabido curarla. Pero aun así convocó de nuevo a sus consejeros y a la gente de la ciudad.
"Queridos conciudadanos. Os hemos reunido aquí para escuchar a este hombre sabio, el cuarto ya, que nos dirá la forma en que podremos curar a Marta". Pero también advirtió al sabio: "Antes de usted ha habido tres sabios que han pretendido saber qué enfermedad tiene la pequeña Marta y cómo curarla" "Le ruego a usted que no trate de impresionarnos con rimas y que no mienta".
"Sí, sí. Si lo sabe, que hable y si no, que se calle y se vaya". -dijeron entre el público.
Se hizo un silencio. El sabio se levantó, miró al gobernador y al pueblo expectante y dijo estas palabras: "Señor gobernador y estimados habitantes de esta gran cuidad: con toda humildad me dirijo a ustedes. He visto a Marta y como médico sinceramente os diré que no conozco su enfermedad".
Hubo un revuelo entre el público y caras de decepción.
"Pero..." -continuó el cuarto sabio- "...como sabio debo deciros qué es lo que podrá salvar a Marta". Y se levantó un murmullo entre la gente, desconcertada.
"Lo único que salvará a Marta -prosiguió- es la fe".
Hubo un silencio como para procesar esas palabras inesperadas pero no se acababa de comprender.
El sabio se alejó, dejando al gobernador y al pueblo atónitos pero sentían respeto por lo que había dicho.
"¿Ves. Pablo? -Le dijo su padre, el mismo sabio habla de la importancia de la fe. Todos estamos rezando por Marta con el convencimiento de que se curará. Tú habrás de rezar también". "De acuerdo, rezaré". -dijo Pablo- Pero a los cinco minutos se le olvidó.
Pablo visitaba a la pequeña Marta, como también lo hacían numerosos vecinos. Preguntaban "¿cómo te encuentras?". Ella respondía que unas veces mejor y otras peor.
Un día Pablo, con ese entusiasmo que solía poner él en las cosas que hacía, le dijo a su amigo: "Daniel, hagamos una colecta para poder viajar juntos e ir en busca de médicos que atinen con la curación de Marta".
"¡Estás loco!" le contestó.
Pero Pablo insistió: "no tenemos nada que perder y ¡hay que hacer algo!". Su amigo entonces le apoyó y fueron juntos de casa en casa pidiendo dinero para ese viaje en busca de buenos médicos.
No todos los vecinos reaccionaban igual. Muchos les decían "Anda ya, no servirá de nada". "¿Para qué os vais a molestar?" "¿y por qué voy a daros dinero para una empresa tan difícil?". "Dejadlo, es imposible. No lo conseguiréis". Otros los animaban y le daban lo que podían.
Un día un monje le dijo a Pablo: "Pablo eres todo un emprendedor", porque veía con qué diligencia y entusiasmo organizaba la colecta y el viaje.
Los chicos por fin lograron reunir dinero suficiente para trasladarse a varias ciudades en busca de médicos eminentes.
Pasaron meses. Se sustentaban de la caridad y de pequeños trabajos que les valía para comer.
"Sois buenos chavales", les dijo una vez la dueña de la posada. Esto que hacéis es por amor y es muy loable.
"Claro que es por amor" dijo Daniel. "Y también es divertido porque esto es una aventura, ¿Verdad, Pablo?"
"¡Y que lo digas, Dani!" Creo que de mayor voy a ser aventurero.
La mujer sonrió.
Pasaron dos meses y Daniel dijo una mañana: "Me voy a mi casa, me echan de menos".
"¡Vamos, Dani!" Replicó Pablo incrédulo.
"Bueno... en realidad... me he cansado de buscar. Ningún médico nos ha dicho que sí. Nadie quiere intentarlo".
Era inútil insistirle a Daniel para que se quedara. Así que el chaval cogió unas monedas, tomó el tren y se fue.
"Martita, aguanta, haz por curarte, anímate, lee, conversa con las enfermeras..." -La animaba Pablo por teléfono.
"Martita, aguanta, anímate, reza. Todos estamos rezando por ti. Ya verás cómo te curarás" -La animaba Daniel en la habitación del hospital.
A los seis meses vino Pablo al fin, acompañado de un hombre de mediana estatura, joven y de gesto risueño. Era un médico muy afamado que encontró en unas tierras lejanas y se dignó a venir a curar a Marta.
A los quince días, el nuevo médico, después de haber estado tratando a la niña, entró en la habitación y con una sonrisa les dijo a sus padres, que se encontraban al lado de su hija: "Tengo la inmensa alegría de decirles que Marta responde bien al tratamiento. Está mejorando día por día. Ahora estoy seguro de que curará".
Los padres abrazaron al médico emocionados y a su hija la colmaron de besos.
Pasaron unos cuantos días y la niña pudo irse a casa toda feliz de poder salir a jugar y de poder estar más tiempo con su abuela.
Pronto se corrió la voz de la curación de Marta.
Pablo estaba exultante, Daniel agradecido a Dios por la curación. Los niños del barrio estaban también contentos y aliviados. Y la noticia llegó al gobernador, que quiso hacer una gran fiesta en honor a Marta y en agradecimiento al médico que la atendió y pudo al fin curarla.
Se hizo un gran banquete en la plaza mayor del barrio y todos comieron y bebieron contentos. Al terminar, el gobernador se puso en pie y dio su discurso agradeciendo al médico su sacrificio en desplazarse de su ciudad hasta aquí para curar a Marta y a los niños que tuvieron la osadía de buscarlo.
Llegó el domingo y esa mañana la plaza del barrio estaba muy animada. Pablo se encontraba jugando con otros niños y los adultos charlaban y comentaban con júbilo la alegría de la curación de la pequeña Marta.
Uno de los encargados del templo llamó a los niños y le dijo a Pablo: eres un buen niño y valiente. Es una lástima que no sepas rezar. Entonces intervino el anciano fraile:
"Os equivocáis. La actitud de Pablo me ha hecho recapacitar. Él ha demostrado tener más fe que todos nosotros juntos".
Y mirando al muchacho le dijo: "Desde ahora vamos a dejar de atosigarte con sermones.Tú, a tu manera, también sabes rezar"
EL PENSAMÓVIL
(LA MAQUINITA DE PENSAR)
Érase una vez una niña a la que le gustaban mucho las matemáticas porque se le daba muy bien. Cuando en clase hacían concursos de cálculo, ella se llevaba más premios que nadie.
Pero su orgullo se había alimentado demasiado y su vanidad creció junto a ella. Se hizo mayor y se convirtió en profesora... supongo ya sabrás de qué.
Era cruel y malvada, le podía la soberbia. Tanto era así que despreciaba a los alumnos que suspendían en su asignatura y hasta discutía con sus colegas de otras asignaturas alegando que la suya era la mejor y la más importante.
Un día un profesor de Matemáticas, como ella, le dijo: "Adelaida, todas las asignaturas son importantes, debes cambiar de actitud". Pero ella se hacía cada vez más dura, más terca y más intolerante.
Con el tiempo las Matemáticas llegaron a ser su obsesión: llevaba varias calculadoras en su bolso. En su habitación las paredes estaban decoradas con números. Cada silla de su casa tenía la forma de un cuatro, la mesa del salón, era un siete, mientras que las mesitas de noche eran el número π (pi). Las cortinas eran estampadas con ochos y nueves. La cruz que le colgaba del cuello era griega porque así era también el símbolo de la suma. En la mantelería había fracciones, por aquello de fraccionar el pastel. Cuentas de dividir en las puertas, ya que éstas mantenían dividida la casa. En la puerta de la alacena había pintado varias multiplicaciones para ver si conseguía multiplicar panes y peces. Era todo tan patológico que en la terraza había ¡plantas con raíces cuadradas!
Su rectangular cama, la adornaba con una bonita cinta que hacía la diagonal. Los cuadros de las paredes no tenían más pintura que las líneas de los catetos y sus respectivas hipotenusas.Toda su casa y su vida entera era una borrachera de Cálculo, Álgebra y Trigonometría.
"¡Vamos a darle una lección!" -Dijo el de Filosofía.
"Pues sí," -contestó el de Historia- "se merecería un escarmiento".
A lo que el de Música replicó: "ahora pensemos cómo".
"Algo, seguro, se nos ocurrirá" dijo el de Artes Plásticas.
Llegó el día de su cumpleaños. Los compañeros estaban esperándola en la sala de profesores. "Felicidades, Adelaida, te hemos traído un regalo muy especial". Dijo el profe de Latín a la engreída Adelaida.
"¿Sí? Vaya, no me esperaba eso".
"Sí, verás, -dijo el de Filosofía- habíamos pensado regalarte una calculadora más porque sabemos que te gustan mucho..."
"Sin embargo pensamos que una profesora de Matemáticas como tú no la necesita", añadió el de Música.
"Tú eres una calculadora andante" dijo el artista.
Entonces el de Historia extendió el brazo hacia ella y dijo: "Aquí tienes: un pensamovil".
"Un pensa...queeee?"
-"Es una maquinita de pensar. Es muy cómoda y manejable. Es una maquinita que piensa por ti".
La de Inglés, sentada al fondo pero que estaba en el ajo, no paraba de reír para sí. Se levantó, se acercó y dijo riendo "Sí, en inglés se dice "thinkulator", jijiji.
"Y en latín se dice "machina cogitatum, jajajaja", concluyó el de Latín.
Entonces Adelaida, mirando a todos y sin saber si reír o enojarse, dijo: "pero si las máquinas no pueden pensar. ¡Eso sólo pueden hacerlo las personas!".
"¡Qué va! Mira: ¿Ves esas teclas? Tiene varias funciones: razonar, juzgar, intuir. Y la tecla grande, para "decidir". Es la solución. Lo que en la calculadora de siempre está marcado con el signo "igual".
Adelaida, estupefacta, miró arriba, abajo y a los lados, sin saber qué decir.
"Y estas de abajo -prosiguió- hacen funciones más complejas: reflexionar, meditar, examinar, sintetizar...elucubrar...considerar... valorar y empatizar".
Entonces el profesor de Música, ya serio y mostrando rabia en su cara la miró fijamente y le dijo "...funciones que a ti te faltan: Hablas sin pensar, sin reflexionar, no examinas ni sabes valorar las asignaturas que no das tú. No consideras a los alumnos y no empatizas con los demás profesores. ¿Para qué? ¡si eso ya lo hará tu maquinita! Tú, a lo importante: haz cálculos y más cálculos. Pero te digo una cosa: jamás podrás "calcular" la emoción de una ópera de Bach, ni “calcular” el significado profundo de un soneto de Quevedo o siquiera “hacer cálculos” para darle sentido a tu vida, porque tu ego te ciega y te envenena”.
"¿Crees que eso lo puede hacer una maquinita? No, claro que no. Porque la única máquina que puede hacerlo es la que llevas sobre tus hombros.
Empieza a usarla como es debido antes de que se te oxide".
Adelaida, con un nudo en la garganta, rompió a llorar y pidió perdón. Gracias a sus compañeros comprendió lo equivocada que estaba. Toda su vida había sido como una comedia ridícula y sin sentido. Pero desde ese momento aprendió la grandiosidad de la humildad. Desde ese día ella iba a empezar a valorar, no sólo las demás asignaturas, sino también todas las demás virtudes y habilidades humanas.
oOo
Nota: He de decir que este cuento no tiene la
intención de menospreciar la ciencia de las Matemáticas ni sus científicos y profesores,
más bien al contrario. Vaya por delante mi admiración por aquellos que supieron
dar a conocer a la humanidad sus conocimientos matemáticos y que ayudaron a la
investigación en otras disciplinas, mi gratitud por los matemáticos que ponen
sus conocimientos al servicio de la humanidad; y mi admiración, en fin, por la
profesora de matemáticas que tuve en el colegio, quien decía que en las Matemáticas
veía a Dios.
¿Sabes? Las piezas de mi coche tienen vida propia. una noche, creyendo que no iban a ser oídas, las ruedas empezaron a hablar con el motor sobre sus características y su importancia. Una de las ruedas, la portavoz de las otras tres, le dijo al motor: "pues tú te crees el rey de la creación pero sin nosotras no eres nada. Además, si no es por nosotras, ¿quién iba a hacer que el coche andara? Tú solo, no, por supuesto. Así que somos nosotras lo más importante que tiene el coche".
En esto el motor arrancó a decir (nunca mejor dicho): "Ni hablar. Aquí el imprescindible soy yo. Soy el alma del coche. Sin mí el coche no se mueve. Eso sí, si lo empujas puede que sí, pero de manera autónoma, nunca sin mí".
Así se tiraron horas y ninguno daba su brazo a torcer.
Entonces habló la humilde carrocería: "Os diré una cosa. Sé que me consideráis la cascarilla de todo el montaje, que no muevo el coche: ni lo arranco ni le doy poder de deslizamiento, ni me muevo siquiera. Pero tengo una cosa que vosotros ni soñáis tener:"
Por un momento se calló y las ruedas se miraron sorprendidas y el motor incrédulo la miró inquisitivamente.
La carrocería prosiguió: "Primero de todo no tengo la vanidad de vosotros".
"Claro, no puedes tenerla porque no haces nada importante, no te mueves, al contrario las ruedas y yo te llevamos a ti" jajaja Se mofó el motor.
"Cierto, no puedo negarlo, pero hago algo importante y no me jacto de ello".
"¿Y qué es, pues?" -Preguntaron las ruedas-.
"Yo os junto, os ensamblo. Así que gracias a mí, podéis llevarme a todos lados. Sin mí tampoco podéis llevar a nadie a ninguna parte. Dejaos de tonterías porque todos somos necesarios."
Me gustó tanto la intervención de la carrocería que le di la enhorabuena y le dije: "Querida carrocería, nos has dado a todos hoy una lección de humildad y de sabiduría".
Ese día aprendí que, en esta vida, nadie es más que nadie.
oOo
PEDRO EL DEMAGOGO
Érase una vez un Rey que reinaba en un país lejano. ¿He dicho "reinaba"? Bueno, no reinaba. Más bien se dejaba reinar. Pero a él no le importaba porque tenía de todo y tenía libertad para salir y a entrar del Palacio y dar sus paseos sin que nadie le molestara.
Eran sus ministros los que gobernaban el país. Ellos mandaban hacer carreteras, jardines, etc.