viernes, 12 de mayo de 2017

Pintores

OBRA MAESTRA DE VAN GOGH: "Los Comedores de Papas"



"He tratado de enfatizar el hecho de que esta gente, al comer sus papas bajo la luz de la lamparilla, ha trabajado la tierra con las mismas manos con las que preparó su alimento, y eso deja ver además de sus labores con las manos, la forma honesta en la que se ha ganado el pan". 
Vincent Van Gogh, pintor holandés impresionista, siglo XIX.

jueves, 27 de abril de 2017

Fotos










BONITA FOTO DE MI DEPARTAMENTO DE INGLÉS






Mis "pinitos" CON LA APLICACIÓN PAPERONE

"La belleza entra directo en tu proceso cognitivo. La belleza no necesita intermediarios. Cuando estás frente a una pieza que es bella, de inmediato la asimilas. No necesitas que nadie te lo explique.Ya después puede crecer tu experiencia si te informas de qué es eso o lo que sea.
Pero si tú estás frente a una obra que para que tú la aprecies como arte, necesitas que te lo expliquen, que te lo impongan, que te menosprecien, que además te digan: "es que si no te gusta es porque tú no entiendes"; que no es porque el artista esté equivocado y no supo crear algo que fuera capaz de comunicar y transmitir belleza; y que el artista es infalible, que la equivocada eres tú... no estás frente a una obra de arte. Es un timo simplemente".

Avelina Lésper, crítica de arte.











LA HABITACIÓN DE ARLÉS (COPIA)

"A mi parecer a menudo soy rico, no en dinero sino porque he encontrado mi obra, algo por lo que vivo con todo corazón y da inspiración y significado a la vida". 
                                                  Van Gogh, 1883




VENTANA PENDIENTE





ANTIRRELOJ DE FLOR





ETERNIDAD





SALITA






BIEN TORCIDO



















DESBORDADO



MATERIAL ANTISÍSMICO






COCINA





 UNA MIERDA DE VENTANA






VENTANA SINIESTRA

LA ALCAYATA

miércoles, 26 de abril de 2017

SIMULACRO DE LINCHAMIENTO


   El muchacho había asesinado a la niña, una niña inocente, simpática, querida por todos en el barrio por su simpatía y su carita de ángel.
   Los padres de la niña sufrieron un gran choque emocional: la madre quedó muda y el padre sumido en un profundo dolor. El resto de los familiares empezaron a sentir que les hervía la sangre de rabia, los vecinos indignados, comenzaron a tener hambre de venganza: ese hombre no merecía vivir porque había quitado una vida y había destrozado la de sus padres. No, la cárcel no era suficiente, debía correr la misma suerte o por lo menos sufrir las heridas y los golpes de sus vengadores aunque no llegara a morir. Cuando se hubieran hartado de pegarle y de descargar toda su furia en el asesino, una vez que se hubieran quedado satisfechos de haberle golpeado hasta la saciedad, cuando vieran que el criminal estaba cubierto de heridas insufribles, entonces lo dejarían y sentirían que habrían hecho justicia; lo habrían "ajusticiado" a su manera; no según lo legal, sino según su instinto. No según la lógica del pensar sino la locura del sentir; lo más importante aquí era descargar la rabia, una rabia que los quemaba; y poder dormir tranquilo esa noche.
   Iban a rasar con todo: sus principios morales y religiosos, la ciencia, la opinión pública, la conciencia. ¡Al diablo todo ello!

   Estaban dispuestos a acabar con él como sea, dañando a su familia, daba igual. Iban a hacerlo a la vista de todos, incluso de niños, sí, en plena calle; "y que aprendan". La policía los detendría porque el linchamiento es ilegal pero ¡no importaba! 
"Lo primero es lo primero y esto urge; no hay tiempo que perder". 
"No importa que nos arresten: hay que vengar la sangre de esa niña". 
    Quizás más tarde algunos se arrepientan, por tanto, antes de nada, sin ni siquiera pensarlo ni un segundo, tendrían que dejarlo todo tal como estaba e ir a buscarlo ya. 
"No lo pienses, esas cosas no se piensan; "¡es venganza!".

-"¿Quién dijiste que es?"
-"Aquel de pelo rizado".
-"¡A por él!"



      El "ajusticiamiento" tuvo lugar hace ya 3 meses. El asesino acabó pagando con su vida su crimen. Los vengadores... están tranquilos, satisfechos, orgullosos, altivos, impertérritos, fríos, esquivos, dudosos, suspicaces, taciturnos y distantes.
     En la comisaría de policía, desmantelada, fría, apartada, solitaria y silenciosa, entra una mujer. Ruda, amargada, asustada y cabizbaja:

     -"¿Qué desea, señora?"
Cruce de miradas, largo silencio...
     -"Yo la maté".



                                             ---oOo---

domingo, 16 de abril de 2017

CUENTOS

EL NIÑO QUE NO SABÍA REZAR

   Pablito tenía doce años, una sonrisa amplia y un entusiasmo contagioso que ponía en cada cosa que hacía.
   Un día se encontró a un vecino del barrio que, viendo que nunca lo veía con los otros niños a la hora de los rezos, le dijo: "Pablo, ¿tú no rezas? ¿No te han enseñado a rezar?"
"Pues... sí... Me sé de memoria algunas oraciones, pero no rezo" . -Dijo, "No me seduce. Me aburre. No saco nada en claro". 
   "¿No crees en Dios?" Le dijo el vecino. "Sí, como todo el mundo".
No, chaval, si no rezas es que no crees en Dios" Y se fue frunciendo el ceño y sonriendo de medio lado.

Otro día, una mujer le regañó: "Niño, ¿qué haces ahí jugando con la pelota y no estás con los otros niños? ¿No ves que es hora de los rezos?
La escena se repetía en muchas ocasiones: "Venga Pablito, pasa adentro y ponte a rezar como los demás".
   
   Finalmente, Pablo, cansado de tantas reprimendas, aceptó asistir a las liturgias del templo. 

   "¿Qué, Pablo, te sientes más cerca de Dios?" Le preguntó un día el maestro espiritual. "No. -contestó- pero me gusta ayudar a los demás.
   -Eso está bien, Pablito. ¡Pero también hay que tener fe!



    Un buen día, una niña enfermó. Había todo un equipo de médicos dispuestos a curarla pero no sabían cómo porque desconocían esa enfermedad. 
   Todos rezaban por ella: el barrio y la ciudad entera.
¡Pero Pablo no rezaba!
   
   El gobernador de la ciudad, preocupado por Marta,  mandó a buscar a sabios de todo el mundo para que le ayudara a salvar a la niña.
   Vinieron muchos sabios tratando de diagnosticar aquella extraña enfermedad de la niña. El primero dijo; "es la "cataminosis", y se cura con estas hierbas". Pero la niña no curaba. El segundo diagnosticó: "tiene "patolexia" y se curará con estas hierbas". Pero la niña tampoco así curaba. El tercero dijo, ante un pueblo cansado y perdiendo poco a poco las esperanzas: 
"Lo de Marta es sin duda
el "síndrome del escorpión" 
y se ha de mejorar 
y curar con esta poción. 

Pero Marta ni por esas se curaba.

   Pasó un tiempo y en el palacio del gobernador se presentó al fin un sabio venido de oriente. El gobernador daba signos de desaliento pues ya habían venido tres sabios y ninguno había sabido curarla. Pero aun así convocó de nuevo a sus consejeros y a la gente de la ciudad.
   "Queridos conciudadanos. Os hemos reunido aquí para escuchar a este hombre sabio, el cuarto ya, que nos dirá la forma en que podremos curar a Marta". Pero también advirtió al sabio: "Antes de usted ha habido tres sabios que han pretendido saber qué enfermedad tiene la pequeña Marta y cómo curarla" "Le ruego a usted que no trate de impresionarnos con rimas y que no mienta".

   "Sí, sí. Si lo sabe, que hable y si no, que se calle y se vaya". -dijeron entre el público.

   Se hizo un silencio. El sabio se levantó, miró al gobernador y al pueblo expectante y dijo estas palabras: "Señor gobernador y estimados habitantes de esta gran cuidad: con toda humildad me dirijo a ustedes. He visto a Marta y como médico sinceramente os diré que no conozco su enfermedad".
   Hubo un revuelo entre el público y caras de decepción. 
   "Pero..." -continuó el cuarto sabio- "...como sabio debo deciros qué  es lo que podrá salvar a Marta". Y se levantó un murmullo entre la gente, desconcertada.  
   "Lo único que salvará a Marta -prosiguió- es la fe".
   Hubo un silencio como para procesar esas palabras inesperadas pero no se acababa de comprender.
   El sabio se alejó, dejando al gobernador y al pueblo atónitos pero sentían respeto por lo que había dicho.
   "¿Ves. Pablo? -Le dijo su padre, el mismo sabio habla de la importancia de la fe. Todos estamos rezando por Marta con el convencimiento de que se curará. Tú habrás de rezar también". "De acuerdo, rezaré". -dijo Pablo- Pero a los cinco minutos se le olvidó.

   Pablo visitaba a la pequeña Marta, como también lo hacían numerosos vecinos. Preguntaban "¿cómo te encuentras?". Ella respondía que unas veces mejor y otras peor. 
   Un día Pablo, con ese entusiasmo que solía poner él en las cosas que hacía, le dijo a su amigo: "Daniel, hagamos una colecta para poder viajar juntos e ir en busca de médicos que atinen con la curación de Marta". 
"¡Estás loco!" le contestó. 
Pero Pablo insistió: "no tenemos nada que perder y ¡hay que hacer algo!". Su amigo entonces le apoyó y fueron juntos de casa en casa pidiendo dinero para ese viaje en busca de buenos médicos.

   No todos los vecinos reaccionaban igual. Muchos les decían "Anda ya, no servirá de nada". "¿Para qué os vais a molestar?" "¿y por qué voy a daros dinero para una empresa tan difícil?". "Dejadlo, es imposible. No lo conseguiréis". Otros los animaban y le daban lo que podían.
   
   Un día un monje le dijo a Pablo: "Pablo eres todo un emprendedor", porque veía con qué diligencia y entusiasmo organizaba la colecta y el viaje. 
   Los chicos por fin lograron reunir dinero suficiente para trasladarse a varias ciudades en busca de médicos eminentes. 
Pasaron meses. Se sustentaban de la caridad y de pequeños trabajos que les valía para comer. 
   "Sois buenos chavales", les dijo una vez la dueña de la posada. Esto que hacéis es por amor y es muy loable. 
   "Claro que es por amor" dijo Daniel. "Y también es divertido porque esto es una aventura, ¿Verdad, Pablo?"
   "¡Y que lo digas, Dani!" Creo que de mayor voy a ser aventurero.
La mujer sonrió.
   Pasaron dos meses y Daniel dijo una mañana: "Me voy a mi casa, me echan de menos". 
   "¡Vamos, Dani!" Replicó Pablo incrédulo.
   "Bueno... en realidad... me he cansado de buscar. Ningún médico nos ha dicho que sí. Nadie quiere intentarlo".
   Era inútil insistirle a Daniel para que se quedara. Así que el chaval cogió unas monedas, tomó el tren y se fue.
   "Martita, aguanta, haz por curarte, anímate, lee, conversa con las enfermeras..." -La animaba Pablo por teléfono.
   "Martita, aguanta, anímate, reza. Todos estamos rezando  por ti. Ya verás cómo te curarás" -La animaba Daniel en la habitación del hospital.

   A los seis meses vino Pablo al fin, acompañado de un hombre de mediana estatura, joven y de gesto risueño. Era un médico muy afamado que encontró en unas tierras lejanas y se dignó a venir a curar a Marta.
    A los quince días, el nuevo médico, después de haber estado tratando a la niña, entró en la habitación y con una sonrisa les dijo a sus padres, que se encontraban al lado de su hija: "Tengo la inmensa alegría de decirles que Marta responde bien al tratamiento. Está mejorando día por día. Ahora estoy seguro de que curará".
   Los padres abrazaron al médico emocionados y a su hija la colmaron de besos.

   Pasaron unos cuantos días y la niña pudo irse a casa toda feliz de poder salir a jugar y de poder estar más tiempo con su abuela.
   Pronto se corrió la voz de la curación de Marta.
   Pablo estaba exultante, Daniel agradecido a Dios por la curación. Los niños del barrio estaban también contentos y aliviados. Y la noticia llegó al gobernador, que quiso hacer una gran fiesta en honor a Marta y en agradecimiento al médico que la atendió y pudo al fin curarla.
   Se hizo un gran banquete en la plaza mayor del barrio y todos comieron y bebieron contentos. Al terminar, el gobernador se puso en pie y dio su discurso agradeciendo al médico su sacrificio en desplazarse de su ciudad hasta aquí para curar a Marta y a los niños que tuvieron la osadía de buscarlo.

   Llegó el domingo y esa mañana la plaza del barrio estaba muy animada. Pablo se encontraba jugando con otros niños y los adultos charlaban y comentaban con júbilo la alegría de la curación de la pequeña Marta.
   Uno de los encargados del templo llamó a los niños y le dijo a Pablo: eres un buen niño y valiente. Es una lástima que no sepas rezar. Entonces intervino el anciano fraile: 
"Os equivocáis. La actitud de Pablo me ha hecho recapacitar. Él ha demostrado tener más fe que todos nosotros juntos".
   Y mirando al muchacho le dijo: "Desde ahora vamos a dejar de  atosigarte con sermones.Tú, a tu manera, también sabes rezar" 










  EL PENSAMÓVIL
 (LA MAQUINITA DE PENSAR)


   Érase una vez una niña a la que le gustaban mucho las matemáticas porque se le daba muy bien. Cuando en clase hacían concursos de cálculo, ella se llevaba más premios que nadie.
   Pero su orgullo se había alimentado demasiado y su vanidad creció junto a ella. Se hizo mayor y se convirtió en profesora... supongo ya sabrás de qué.

   Era cruel y malvada, le podía la soberbia. Tanto era así  que despreciaba a los alumnos que suspendían en su asignatura y hasta discutía con sus colegas de otras asignaturas alegando que la suya era la mejor y la más importante.

   Un día un profesor de Matemáticas, como ella, le dijo: "Adelaida, todas las asignaturas son importantes, debes cambiar de actitud". Pero ella se hacía cada vez más dura, más terca y más intolerante.

   Con el tiempo las Matemáticas llegaron a ser su obsesión: llevaba varias calculadoras en su bolso. En su habitación las paredes estaban decoradas con números. Cada silla de su casa tenía la forma de un cuatro, la mesa del salón, era un siete, mientras que las mesitas de noche eran el número π (pi). Las cortinas eran estampadas con ochos y nueves. La cruz que le colgaba del cuello era griega porque así era también el símbolo de la suma. En la mantelería había fracciones, por aquello de fraccionar el pastel. Cuentas de dividir en las puertas, ya que éstas mantenían dividida la casa. En la puerta de la alacena había pintado varias multiplicaciones para ver si conseguía multiplicar panes y peces. Era todo tan patológico que en la terraza había ¡plantas con raíces cuadradas!
   Su rectangular cama, la adornaba con una bonita cinta que hacía la diagonal. Los cuadros de las paredes no tenían más pintura que las líneas de los catetos y sus respectivas hipotenusas.Toda su casa y su vida entera era una borrachera de Cálculo, Álgebra y Trigonometría.

   "¡Vamos a darle una lección!" -Dijo el de Filosofía.
   "Pues sí," -contestó el de Historia- "se merecería un escarmiento".
   A lo que el de Música replicó: "ahora pensemos cómo".
   "Algo,  seguro, se nos ocurrirá" dijo el de Artes Plásticas.

   Llegó el día de su cumpleaños. Los compañeros estaban esperándola en la sala de profesores. "Felicidades, Adelaida, te hemos traído un regalo muy especial". Dijo el profe de Latín a la engreída Adelaida.
   "¿Sí? Vaya, no me esperaba eso".
"Sí, verás, -dijo el de Filosofía- habíamos pensado regalarte una calculadora más porque sabemos que te gustan mucho..."
"Sin embargo pensamos que una profesora de Matemáticas como tú no la necesita", añadió el de Música. 
"Tú eres una calculadora andante" dijo el artista.
 Entonces el de Historia extendió el brazo hacia ella y dijo: "Aquí tienes: un pensamovil".
   "Un pensa...queeee?"
   -"Es una maquinita de pensar. Es muy cómoda y manejable. Es una maquinita que piensa por ti".   
   La de Inglés, sentada al fondo pero que estaba en el ajo, no paraba de reír para sí. Se levantó, se acercó y dijo riendo "Sí, en inglés se dice "thinkulator", jijiji.
"Y en latín se dice "machina cogitatum, jajajaja", concluyó el de Latín.
 Entonces Adelaida, mirando a todos y sin saber si reír o enojarse, dijo: "pero si las máquinas no pueden pensar. ¡Eso sólo pueden hacerlo las personas!".
   "¡Qué va! Mira: ¿Ves esas teclas? Tiene varias funciones: razonar, juzgar, intuir. Y la tecla grande, para "decidir". Es la solución. Lo que en la calculadora de siempre está marcado con el signo "igual".
Adelaida, estupefacta, miró arriba, abajo y a los lados, sin saber qué decir.
   "Y estas de abajo -prosiguió- hacen funciones más complejas: reflexionar, meditar, examinar, sintetizar...elucubrar...considerar... valorar y empatizar".

   Entonces el profesor de Música, ya serio y mostrando rabia en su cara la miró fijamente y le dijo "...funciones que  a ti te faltan: Hablas sin pensar, sin reflexionar, no examinas ni sabes valorar las asignaturas que no das tú. No consideras a los alumnos y no empatizas con los demás profesores. ¿Para qué? ¡si eso ya lo hará tu maquinita! Tú, a lo importante: haz cálculos y más cálculos. Pero te digo una cosa: jamás podrás "calcular" la emoción de una ópera de Bach, ni “calcular” el significado profundo de un soneto de Quevedo o siquiera “hacer cálculos” para darle sentido a tu vida, porque tu ego te ciega y te envenena”.



   "¿Crees que eso lo puede hacer una maquinita? No, claro que no. Porque la única máquina que puede hacerlo es la que llevas sobre tus hombros.
     Empieza a usarla como es debido antes de que se te oxide".

   Adelaida, con un nudo en la garganta, rompió a llorar y pidió perdón. Gracias a sus compañeros comprendió lo equivocada que estaba. Toda su vida había sido como una comedia ridícula y sin sentido. Pero desde ese momento aprendió la grandiosidad de la humildad. Desde ese día ella iba a empezar a valorar, no sólo las demás asignaturas, sino también todas las demás virtudes y habilidades humanas.


                                               oOo

Nota: He de decir que este cuento no tiene la intención de menospreciar la ciencia de las Matemáticas ni sus científicos y profesores, más bien al contrario. Vaya por delante mi admiración por aquellos que supieron dar a conocer a la humanidad sus conocimientos matemáticos y que ayudaron a la investigación en otras disciplinas, mi gratitud por los matemáticos que ponen sus conocimientos al servicio de la humanidad; y mi admiración, en fin, por la profesora de matemáticas que tuve en el colegio, quien decía que en las Matemáticas veía a Dios.




EL COCHE 

   ¿Sabes? Las piezas de mi coche tienen vida propia. una noche, creyendo que no iban a ser oídas, las ruedas empezaron a hablar con el motor sobre sus características y su importancia. Una de las ruedas, la portavoz de las otras tres, le dijo al motor: "pues tú te crees el rey de la creación pero sin nosotras no eres nada. Además, si no es por nosotras, ¿quién iba a hacer que el coche andara? Tú solo, no, por supuesto. Así que somos nosotras lo más importante que tiene el coche".
   En esto el motor arrancó a decir (nunca mejor dicho): "Ni hablar. Aquí el imprescindible soy yo. Soy el alma del coche. Sin mí el coche no se mueve. Eso sí, si lo empujas puede que sí, pero de manera autónoma, nunca sin mí". 
   Así se tiraron horas y ninguno daba su brazo a torcer.
Entonces habló la humilde carrocería: "Os diré una cosa. Sé que me consideráis la cascarilla de todo el montaje, que no muevo el coche: ni lo arranco ni le doy poder de deslizamiento, ni me muevo siquiera. Pero tengo una cosa que vosotros ni soñáis tener:"
   Por un momento se calló y las ruedas se miraron sorprendidas y el motor incrédulo la miró inquisitivamente.
   La carrocería prosiguió: "Primero de todo no tengo la vanidad de vosotros".
   "Claro, no puedes tenerla porque no haces nada importante, no te mueves, al contrario las ruedas y yo te llevamos a ti" jajaja Se mofó el motor.
   "Cierto, no puedo negarlo, pero hago algo importante y no me jacto de ello". 
"¿Y qué es, pues?" -Preguntaron las ruedas-.
"Yo os junto, os ensamblo. Así que gracias a mí, podéis llevarme a todos lados. Sin mí tampoco podéis llevar a nadie a ninguna parte. Dejaos de tonterías porque todos somos necesarios."

   Me gustó tanto la intervención de la carrocería que le di la enhorabuena y le dije: "Querida carrocería, nos has dado a todos hoy una lección de humildad y de sabiduría".
   Ese día aprendí que, en esta vida, nadie es más que nadie.

                                                   oOo


PEDRO EL DEMAGOGO


Érase una vez un Rey que reinaba en un país lejano. ¿He dicho "reinaba"? Bueno, no reinaba. Más bien se dejaba reinar. Pero a él no le importaba porque tenía de todo y tenía libertad para salir y a entrar del Palacio y dar sus paseos sin que nadie le molestara.

Eran sus ministros los que gobernaban el país. Ellos mandaban hacer carreteras, jardines, etc.    

jueves, 23 de marzo de 2017

Carta a Pablo Iglesias

Estimado Pablo Iglesias,

     Te escribo con motivo de vuestra proposición no de ley de que Televisión Española no transmitan la Misa en directo para no privilegiar esta confesión religiosa sobre las demás, ya que España es un país laico.

     Antes debo decirte que he votado a Unidos Podemos porque estoy en vuestra misma línea: en la línea de la igualdad, en la línea de la eliminación de la impunidad y de la corrupción, en la línea de nacionalizar los servicios básicos como la salud, la educación la banca, el agua, la electricidad, etc. Y en la línea de poner fin a la pobreza, que dicho sea de paso,  considero que es muy rentable para los que se están haciendo cada vez más ricos a costa de la misma.

     Como votante de podemos, como persona humanitaria que soy, ardo en deseos de que ese día llegue. Y tengo todo el derecho y la autoridad moral para desearlo con todas mis fuerzas. Y sé que no soy la única y que todos los que pertenecemos a los partidos de los pobres y de la igualdad (he aprendido a no usar el impreciso término de “izquierdas”) también lo deseáis ardientemente.

     Esta carta, pues, es una voz para decir: no obstaculicéis el proceso de lucha contra la desigualdad.

     Como habrás comprobado, ¡se ha triplicado la audiencia de las Misas! pero a su vez lamentablemente se habrá dividido, por tres, el interés por el asunto de la igualdad en este país. No nos conviene desviar la atención.

     Yo estoy absolutamente de acuerdo en no privilegiar a la religión Católica y aunque soy cristiana católica, soy muy crítica con el Catolicismo (dentro del catolicismo existe pluralismo natural pero no oficial, de ahí que hayan ignorado, expulsado, acosado, etc. A teólogos afines al pensamiento de izquierdas). Muchos católicos creemos que el sectarismo y las mentiras de la Iglesia oficial hay que combatirlas desde dentro.

     Dicho esto, voy a hacer una última consideración que debes tener en cuenta: La dos emite tres programas religiosos (tres que yo sepa). Los tres seguidos y cada uno de una religión distinta. La Hebrea, la Musulmana y la Cristiana Católica. Sería de risa eliminar a una de las tres.

   También creo que esto no tiene nada que ver con el laicismo porque no privilegiar a una religión no significa que se prohíban todas. Y menos aún, que se prohíba una, aunque sea en televisión. Y considero que al igual que hay programas de todos los temas, el religioso no va a ser menos.  ¿No podrías verlos como un servicio público? Yo lo veo así. Muchos mayores no pueden asistir a Misa y agradecen poder verla por TV. Eso no se le debe quitar porque también es humanitario.

     Si hubieras pedido añadir un programa sobre la religión Budista, porque creéis que está discriminada, yo firmaría ahora mismo.

     Por favor, te pido que lo consideres seriamente y se lo hagas saber a los círculos.

POSTDATA:

     Lo que sí es muy grave es que hay una corriente islamófoba dentro del colectivo católico, hago hincapié en que no son todos, sino un sector pero lógicamente muy dañino para la sociedad. Y eso hay que combatirlo también. Creo que la gente de bien no lo sabe pero yo lo he sabido porque, como católica no practicante, he tenido contacto con católicos de esa calaña.
     Así que este asunto de la islamofobia me preocupa más y debe preocuparnos más que las misas. Quiero hacéroslo saber a vosotros (como también a las autoridades eclesiásticas, aunque me da miedo y aún no me he atrevido. Pero en conciencia debería hacerlo, confieso)

Un abrazo


Laura Aguirre Jiménez 

sábado, 11 de febrero de 2017

REFLEXIONES SOBRE LA VIRGEN MARÍA (de Manuel Aguirre)

“Reflexiones sobre la Virgen María”


Por Manuel Aguirre Rodríguez

   


   No creo que ningún Cristiano haya pensado seriamente que la Virgen pueda significar, de nungún modo, una contraposición a Jesús. Si es válido el concepto “por María a Jesús”, no puede serlo  “con María y no con Jesús”.
   
   Tal vez por ser Jesucristo una figura que, tanto en la Historia como en la fe, se vislumbra renovadora, portadora de la Buena Nueva, que nos habla de cambios, de transformaciones, del hombre nuevo que viene a demoler instituciones ancestrales, que censura las tradiciones más sagradas de su pueblo, que, en fin, se manifiesta como figura revolucionaria. Tal vez por eso, algunos sectores católicos conservadores ven en María una postura más de conformidad con sus criterios. Ven la postura conservadora.
   
   La humildad de la Virgen, su sometimiento de forna incondicional a la voluntad divina, sus palabras “he aquí la esclava del Señor”, nos dan una imagen de sumisión que puede llevarnos a confundir la aceptación de la voluntad de Dios con la aceptación de las injusticias que padece la humanidad.
   
   A partir de ese equívoco, unos criterios políticos o sociales conservadores, pueden ver en la devoción mariana un apoyo que sería difícil encontrar en la actitud activa de su hijo.
   
   Pero la doctrina viva, que procede de la palabra del Hijo, los compromisos cristianos que nacen de la aceptación de Cristo, no pueden quedar invalidados en razón de una devoción a María.
   
   Cuando se ve en la Virgen únicamente esa postura pasiva de conformidad y humildad, casi carente de voluntad personal, es porque sólo se ha captado la capa más superficial de su personalidad.
   
   En primer lugar, la santidad de la Virgen María no sería tal si se la considerara desprovista del mérito humano que precisa una vida santificada, si se la considerara desprovista también del acto volitivo personal, de la fortaleza de alma que se precisa para la constancia en el bien durante toda una vida. Es decir, la santidad de María no puede ser mero producto de las gracias especiales recibidas de lo Alto.
   
   Sin una voluntad firmísima, la naturaleza humana no entra por la puerta estrecha del Bien. Esta voluntad y esta fortaleza no pueden ser negadas a María, ya que sería tanto como negar su santidad. Sus virtudes fueron ganadas a pulso por ella misma, como ocurre a cualquier ser humano y precisamente por ese mérito propio es escogida y Dios la colma de gracias.
   
   María debió tener en todo momento un alto concepto de la suprema grandeza de Dios, pero nada ponderaba tanto ese concepto como el ver que el Omnipotente ponía su atención en el ser más humilde. 


   Dios se había fijado en la esposa de un trabajador pobre para que fuera la madre del Mesías. No se había dirigido a las grandes familias fariseas, a las potencias de Israel, a las esposas de los doctores de la Ley, a los ricos de Jerusalén. Había enviado a su Ángel a la más insignificante de las moradas, a la pobre vivienda de un trabajador, sólo conocido por un pequeño grupo de vecinos, a un lugar humilde perdido en una pequeña aldea de Galilea.
   
   El Rey de todo lo creado, el Señor del universo, nada quería con los reyes de la tierra, con los poderosos, con los triunfadores. Por el contrario, quiso que su Hijo, que había de salvar a la humanidad, naciese en un establo, como un desprecio y negación de la riqueza. 
   
   María advierte que a Dios le complace rodearse de todo lo que es pobre, humilde y pequeño. Que prefiere a la clase social de los productores, de los pobres. Que parece ignorar a los poderosos de la Tierra.
     
   Huyendo a Egipto, perseguidos por la furia de uno de esos poderosos, debió María justificar aquella persecución de un rey ambicioso, deseoso de tesoros. Tal vez quisiera ese tesoro que ella llevaba en sus brazos, el mayor tesoro que pudiera guardar Israel, el Mesías anunciado por los profetas. Tesoro confiado por Dios a aquellos dos seres indefensos. ¿Por qué? ¿Acaso no habría estado más seguro en manos de los grandes del mundo? La verdad es que uno de esos “grandes”, un tetrarca temido por todos, adulado y odiado por sus cortesanos, perseguía a aquel Niño para destruirlo. Y aquel Niño, su Hijo, había nacido en las peores condiciones, fuera de su hogar de Nazaret, por las exigencias de otro poderoso, de un príncipe más potente que el magnate de Galilea del que ahora huían, por las exigencias del Cesar, dueño del mundo.
   
   Apenas nacido aquel Hijo, ya había sufrido en su carne la opresión y la persecución de aquellos dos potentados. La Virgen, conocedora de la Sagrada Escritura, ¿se acordaría en aquellos momentos, mientras caminaban por senderos desiertos, de las palabras del Señor: “la tierra es mía y vosotros sois peregrinos y extranjeros”?

   Si la tierra pertenece a Dios, y los hombres son en ella peregrinos y extranjeros, ¿cómo es posible que los hombres se adueñen de esas tierras que no les pertenecen? ¿Cómo puede el Cesar o Herodes constituirse en dueño del mundo y de los hombres?¿Le es lícito al hombre hacer siervos suyos a los siervos de Dios? Y en cuanto a Herodes, ¿no se ha declarado enemigo de Dios al ordenar la matanza de los inocentes?

   Dios se mostraría a los ojos de María como el amigo de los desposeídos, de los pobres, y contrario a los que tienen mucho más de lo que necesitan, en detrimento de los que no tienen lo necesario.
   
   Para la Virgen, Yahveh es un Dios de justicia. Por eso está allí, entre sus brazos ese Niño. Para hacer que las cosas sean de un modo distinto. La hora ha llegado y María pone su esperanza en Dios y dice: “Aquel que es poderoso, cuyo nombre es santo, desplegará el poder de su brazo y deshará las intenciones del corazón de los soberbios. Derribará del solio a los poderosos y ensalzará a los humildes, colmará de bienes a los hambrientos y a los ricos los despedirá sin nada”.

   Puede ser que la Virgen no tuviera estos pensamientos camino de Egipto, pero lo cierto es que esas mismas palabras, que expresan una esperanza de justicia social, sí han salido de los labios de María.
   
   El Evangelio, escrito para contener las palabras y los actos del Enviado de Dios, reserva poco espacio a los actos y palabras de la Virgen María. Pero si hay un lugar en el texto sagrado donde la Virgen se desprende de su habitual laconismo, ese es en el “Magnificat”, en ese canto de júbilo que hace ante su prima Isabel.
   
   Toda la deslumbrante personalidad de aquella mujer, que es a un mismo tiempo Rut, Ester y Judit, se trasluce en ese canto de júbilo donde su alegría rebosante no obedece solamente a que en ella ha hecho grandes cosas el Poderoso, cuyo nombre es santo, sino porque está cerca la justicia y van a ser recompensados los humildes y colmados de bienes los hambrientos ; porque, en cambio, los poderosos, los opresores del pueblo, los explotadores del jornalero, van a ser castigados por Dios.

   La verdadera sabiduría es humilde. Su humildad no le impide a María conocer profundamente las Escrituras, como se demuestra en sus palabras, muchas de las cuáles son citas de los Sagrados Libros.

     Ha leído, por ejemplo, las palabras de Ezequiel cuando dice: “Dentro de ella (la tierra) se conjuran los príncipes, como ruge el león y despedaza la presa, así devoran ellos las almas, se apoderan de los tesoros y riquezas y multiplican en medio de ellos las viudas. Sus sacerdotes han violado mi Ley, profanado mis cosas santas… y el pueblo de la tierra oprime, roba, hace violencia al desvalido y al menesteroso; y al extranjero le veja contra derecho".(Ezeq. 22-23 al 31)


   Sabe María que los holocaustos y sacrificios a Dios no significan nada, si al propio tiempo no se obra con justicia en el trato con el prójimo, pues así lo han pregonado los profetas inspirados por Dios. Sabe que, "como quien inmola al hijo a la vista de sus padres, así es el que ofrece sacrificios de lo robado a los pobres". (Ecles. 34-24)

   Los ricos no se justificarán de su avaricia, de su rapiña, destinando parte de sus bienes al culto o al sostenimiento de la casta sacerdotal. No es ofrenda agradable al Señor la parte de los pobres que el rico ha retenido para sí. "No oprimas al asalariado pobre e indigente, ya sea uno de tus hermanos, sea uno de los extranjeros que moran en tu ciudad. Dale cada día su salario, sin dejar pasar sobre esta deuda la puesta del sol, porque es pobre y lo necesita. De otro modo clamará a Yahveh contrra ti"... (Deuteronomio; 24, 14 al 16)

   Todo esto lo conocía la Virgen y no sólo por las Escrituras. Las palabras inspiradas por el Espíritu Santo le confirmarían que aquel proceder de los hombres era injusto, contrario a los deseos de Yahveh, pero su propia experiencia le haría ver, desde el punto de vista de la víctima, la maldad del opresor. Ella era pobre, esposa de un hombre pobre y debió sufrir los desprecios, las discriminaciones, los abusos, las negativas, los abandonos, las fatigas, las necesidades que padecen las gentes de su clase. Pero, más aún, su esposo, aquel carpintero pobre, debió sufrir las vejaciones de que suelen ser víctimas quienes alquilan su fuerza de trabajo. Y más tarde las sufriría su Hijo.

   El corazón puro de María perdonaría todas las ofensas, todas las injusticias, pero, habiendo experimentado ella misma el dolor de la opresión, debería compadecer más a los oprimidos de todo el mundo.

   Por esa causa y porque ella debería ser ya de aquellos bienaventurados que sentían hambre y sed de justicia, es por lo que se muestra disconforme con el mal social y espera la llegada de la justicia, como se puede comprobar por sus palabras del "Magnificat".

   Su modo de entender esa justicia no es todavía evangélico, pertenece aún a los criterios veterotestamentarios*, pero no por ello deja de estar presente la inquietud social y el anhelo de cambio, de transformación.  

   Por todo esto queda injustificado que se escoja a María como símbolo de una actitud social que elude el compromiso cristiano. La misma responsabilidad humana que adquieren los seguidores de Cristo, tenía que sentirla, forzosamente, el corazón de la madre que participa en la obra de la Redención.

   Es impensable que la que es vehículo y cauce para el Enviado de Dios, elegida entre todas las mujeres, no haga suyos todos los compromisos que comportan la predicación del Hijo.

   La Virgen es obediente a la voluntad de Dios. Pero la Virgen sumisa, carente de voluntad, no está más que en esas imágenes de madera o de escayola que sus devotos dejan en la hornacina o sacan en andas cuando lo prefieren.

   La Virgen, que durante el reinado de Herodes y bajo el imperio de Augusto parió a Jesús en un establo y lo depositó en una cuna más pobre que la de los pobres; la compañera del obrero José, la madre de Jesús, que amaba a Jesús; la que sufrió al unísono los sufrimientos de Jesús, era una mujer distinta.
   
   Piensen con pena los que aman y veneran a María, que ella es la gran desconocida.


     María es principalmente la mujer admirada, sensiblemente sorprendida de un hecho insólito; de que “el Todopoderoso ha obrado en ella maravillas”.
   
   La primera de las virtudes es la humildad y María poseyó esta virtud de tal forma, que su persona ha venido a ser símbolo de ella.
   
   No podemos imaginar los pecadores vanidosos la pequeñez infinita en que se sitúa el humilde ante la grandeza de Dios. Y aquel ser extraordinariamente humilde que fue María, recibió de forma muy especial la mirada y la atención del Creador. ¡Así quedó María singularmente maravillada, sorprendida, anonadada, porque el Señor puso su mirada en la pequeñez de su esclava!


Manuel Aguirre Rodríguez



                                          

*Veterotestamentario: perteneciente al Antiguo Testamento.


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