“Reflexiones sobre la Virgen María”
Por Manuel Aguirre Rodríguez
No creo que ningún Cristiano haya pensado seriamente que la Virgen pueda significar, de nungún modo, una contraposición a Jesús. Si es válido el concepto “por María a Jesús”, no puede serlo “con María y no con Jesús”.
Tal vez por ser Jesucristo una figura que, tanto en la Historia como en la fe, se vislumbra renovadora, portadora de la Buena Nueva, que nos habla de cambios, de transformaciones, del hombre nuevo que viene a demoler instituciones ancestrales, que censura las tradiciones más sagradas de su pueblo, que, en fin, se manifiesta como figura revolucionaria. Tal vez por eso, algunos sectores católicos conservadores ven en María una postura más de conformidad con sus criterios. Ven la postura conservadora.
La humildad de la Virgen, su sometimiento de forna incondicional a la voluntad divina, sus palabras “he aquí la esclava del Señor”, nos dan una imagen de sumisión que puede llevarnos a confundir la aceptación de la voluntad de Dios con la aceptación de las injusticias que padece la humanidad.
A partir de ese equívoco, unos criterios políticos o sociales conservadores, pueden ver en la devoción mariana un apoyo que sería difícil encontrar en la actitud activa de su hijo.
Pero la doctrina viva, que procede de la palabra del Hijo, los compromisos cristianos que nacen de la aceptación de Cristo, no pueden quedar invalidados en razón de una devoción a María.
Cuando se ve en la Virgen únicamente esa postura pasiva de conformidad y humildad, casi carente de voluntad personal, es porque sólo se ha captado la capa más superficial de su personalidad.
En primer lugar, la santidad de la Virgen María no sería tal si se la considerara desprovista del mérito humano que precisa una vida santificada, si se la considerara desprovista también del acto volitivo personal, de la fortaleza de alma que se precisa para la constancia en el bien durante toda una vida. Es decir, la santidad de María no puede ser mero producto de las gracias especiales recibidas de lo Alto.
Sin una voluntad firmísima, la naturaleza humana no entra por la puerta estrecha del Bien. Esta voluntad y esta fortaleza no pueden ser negadas a María, ya que sería tanto como negar su santidad. Sus virtudes fueron ganadas a pulso por ella misma, como ocurre a cualquier ser humano y precisamente por ese mérito propio es escogida y Dios la colma de gracias.
María debió tener en todo momento un alto concepto de la suprema grandeza de Dios, pero nada ponderaba tanto ese concepto como el ver que el Omnipotente ponía su atención en el ser más humilde.
Dios se había fijado en la esposa de un trabajador pobre para que fuera la madre del Mesías. No se había dirigido a las grandes familias fariseas, a las potencias de Israel, a las esposas de los doctores de la Ley, a los ricos de Jerusalén. Había enviado a su Ángel a la más insignificante de las moradas, a la pobre vivienda de un trabajador, sólo conocido por un pequeño grupo de vecinos, a un lugar humilde perdido en una pequeña aldea de Galilea.
El Rey de todo lo creado, el Señor del universo, nada quería con los reyes de la tierra, con los poderosos, con los triunfadores. Por el contrario, quiso que su Hijo, que había de salvar a la humanidad, naciese en un establo, como un desprecio y negación de la riqueza.
María advierte que a Dios le complace rodearse de todo lo que es pobre, humilde y pequeño. Que prefiere a la clase social de los productores, de los pobres. Que parece ignorar a los poderosos de la Tierra.
Huyendo a Egipto, perseguidos por la furia de uno de esos poderosos, debió María justificar aquella persecución de un rey ambicioso, deseoso de tesoros. Tal vez quisiera ese tesoro que ella llevaba en sus brazos, el mayor tesoro que pudiera guardar Israel, el Mesías anunciado por los profetas. Tesoro confiado por Dios a aquellos dos seres indefensos. ¿Por qué? ¿Acaso no habría estado más seguro en manos de los grandes del mundo? La verdad es que uno de esos “grandes”, un tetrarca temido por todos, adulado y odiado por sus cortesanos, perseguía a aquel Niño para destruirlo. Y aquel Niño, su Hijo, había nacido en las peores condiciones, fuera de su hogar de Nazaret, por las exigencias de otro poderoso, de un príncipe más potente que el magnate de Galilea del que ahora huían, por las exigencias del Cesar, dueño del mundo.
Apenas nacido aquel Hijo, ya había sufrido en su carne la opresión y la persecución de aquellos dos potentados. La Virgen, conocedora de la Sagrada Escritura, ¿se acordaría en aquellos momentos, mientras caminaban por senderos desiertos, de las palabras del Señor: “la tierra es mía y vosotros sois peregrinos y extranjeros”?
Si la tierra pertenece a Dios, y los hombres son en ella peregrinos y extranjeros, ¿cómo es posible que los hombres se adueñen de esas tierras que no les pertenecen? ¿Cómo puede el Cesar o Herodes constituirse en dueño del mundo y de los hombres?¿Le es lícito al hombre hacer siervos suyos a los siervos de Dios? Y en cuanto a Herodes, ¿no se ha declarado enemigo de Dios al ordenar la matanza de los inocentes?
Dios se mostraría a los ojos de María como el amigo de los desposeídos, de los pobres, y contrario a los que tienen mucho más de lo que necesitan, en detrimento de los que no tienen lo necesario.
Para la Virgen, Yahveh es un Dios de justicia. Por eso está allí, entre sus brazos ese Niño. Para hacer que las cosas sean de un modo distinto. La hora ha llegado y María pone su esperanza en Dios y dice: “Aquel que es poderoso, cuyo nombre es santo, desplegará el poder de su brazo y deshará las intenciones del corazón de los soberbios. Derribará del solio a los poderosos y ensalzará a los humildes, colmará de bienes a los hambrientos y a los ricos los despedirá sin nada”.
Puede ser que la Virgen no
tuviera estos pensamientos camino de Egipto, pero lo cierto es que esas mismas
palabras, que expresan una esperanza de justicia social, sí han salido de los
labios de María.
El Evangelio, escrito para contener las palabras y los actos del Enviado de Dios, reserva poco espacio a los actos y palabras de la Virgen María. Pero si hay un lugar en el texto sagrado donde la Virgen se desprende de su habitual laconismo, ese es en el “Magnificat”, en ese canto de júbilo que hace ante su prima Isabel.
Toda la deslumbrante personalidad de aquella mujer, que es a un mismo tiempo Rut, Ester y Judit, se trasluce en ese canto de júbilo donde su alegría rebosante no obedece solamente a que en ella ha hecho grandes cosas el Poderoso, cuyo nombre es santo, sino porque está cerca la justicia y van a ser recompensados los humildes y colmados de bienes los hambrientos ; porque, en cambio, los poderosos, los opresores del pueblo, los explotadores del jornalero, van a ser castigados por Dios.
La verdadera sabiduría es
humilde. Su humildad no le impide a María conocer profundamente las Escrituras,
como se demuestra en sus palabras, muchas de las cuáles son citas de los
Sagrados Libros.
Ha leído, por ejemplo, las
palabras de Ezequiel cuando dice: “Dentro de ella (la tierra) se conjuran los príncipes, como ruge el
león y despedaza la presa, así devoran ellos las almas, se apoderan de los
tesoros y riquezas y multiplican en medio de ellos las viudas. Sus sacerdotes
han violado mi Ley, profanado mis cosas santas… y el pueblo de la tierra
oprime, roba, hace violencia al desvalido y al menesteroso; y al extranjero le
veja contra derecho".(Ezeq. 22-23 al 31)
Sabe María que los holocaustos y sacrificios a Dios no significan nada, si al propio tiempo no se obra con justicia en el trato con el prójimo, pues así lo han pregonado los profetas inspirados por Dios. Sabe que, "como quien inmola al hijo a la vista de sus padres, así es el que ofrece sacrificios de lo robado a los pobres". (Ecles. 34-24)
Los ricos no se justificarán de su avaricia, de su rapiña, destinando parte de sus bienes al culto o al sostenimiento de la casta sacerdotal. No es ofrenda agradable al Señor la parte de los pobres que el rico ha retenido para sí. "No oprimas al asalariado pobre e indigente, ya sea uno de tus hermanos, sea uno de los extranjeros que moran en tu ciudad. Dale cada día su salario, sin dejar pasar sobre esta deuda la puesta del sol, porque es pobre y lo necesita. De otro modo clamará a Yahveh contrra ti"... (Deuteronomio; 24, 14 al 16)
Todo esto lo conocía la Virgen y no sólo por las Escrituras. Las palabras inspiradas por el Espíritu Santo le confirmarían que aquel proceder de los hombres era injusto, contrario a los deseos de Yahveh, pero su propia experiencia le haría ver, desde el punto de vista de la víctima, la maldad del opresor. Ella era pobre, esposa de un hombre pobre y debió sufrir los desprecios, las discriminaciones, los abusos, las negativas, los abandonos, las fatigas, las necesidades que padecen las gentes de su clase. Pero, más aún, su esposo, aquel carpintero pobre, debió sufrir las vejaciones de que suelen ser víctimas quienes alquilan su fuerza de trabajo. Y más tarde las sufriría su Hijo.
El corazón puro de María perdonaría todas las ofensas, todas las injusticias, pero, habiendo experimentado ella misma el dolor de la opresión, debería compadecer más a los oprimidos de todo el mundo.
Por esa causa y porque ella debería ser ya de aquellos bienaventurados que sentían hambre y sed de justicia, es por lo que se muestra disconforme con el mal social y espera la llegada de la justicia, como se puede comprobar por sus palabras del "Magnificat".
Su modo de entender esa justicia no es todavía evangélico, pertenece aún a los criterios veterotestamentarios*, pero no por ello deja de estar presente la inquietud social y el anhelo de cambio, de transformación.
Por todo esto queda injustificado que se escoja a María como símbolo de una actitud social que elude el compromiso cristiano. La misma responsabilidad humana que adquieren los seguidores de Cristo, tenía que sentirla, forzosamente, el corazón de la madre que participa en la obra de la Redención.
Es impensable que la que es vehículo y cauce para el Enviado de Dios, elegida entre todas las mujeres, no haga suyos todos los compromisos que comportan la predicación del Hijo.
La Virgen es obediente a la voluntad de Dios. Pero la Virgen sumisa, carente de voluntad, no está más que en esas imágenes de madera o de escayola que sus devotos dejan en la hornacina o sacan en andas cuando lo prefieren.
La Virgen, que durante el reinado de Herodes y bajo el imperio de Augusto parió a Jesús en un establo y lo depositó en una cuna más pobre que la de los pobres; la compañera del obrero José, la madre de Jesús, que amaba a Jesús; la que sufrió al unísono los sufrimientos de Jesús, era una mujer distinta.
Piensen con pena los que aman y veneran a María, que ella es la gran desconocida.
María es principalmente la mujer admirada, sensiblemente sorprendida de un hecho insólito; de que “el Todopoderoso ha obrado en ella maravillas”.
La primera de las virtudes es la humildad y María poseyó esta virtud de tal forma, que su persona ha venido a ser símbolo de ella.
No podemos imaginar los pecadores vanidosos la pequeñez infinita en que se sitúa el humilde ante la grandeza de Dios. Y aquel ser extraordinariamente humilde que fue María, recibió de forma muy especial la mirada y la atención del Creador. ¡Así quedó María singularmente maravillada, sorprendida, anonadada, porque el Señor puso su mirada en la pequeñez de su esclava!
Manuel Aguirre Rodríguez
*Veterotestamentario: perteneciente al Antiguo Testamento.
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Por favor, no poner faltas de ortografía que me podría desaprender lo aprendido.